
El telar de Penélope
Eres caliente en tu fidelidad,
Ingenuo y matinal en tus raíces,
Cuando buscas todavía en la palabra
El círculo perfecto y llameante
De tu anhelado crecimiento.
Qué extraña imposición
Ésa de tus dedos en la frente,
Como dos vigías que ahondaran
En la intimidad ebria de tus sienes
Y naufragaran indecisos,
Lentos.
Debe ser muy fuerte esa razón
Que te hace sucumbir a cada hora
Al trabajo de Penélope,
Con el dolor en vilo de la madre
Ante el éxodo de un hijo.
Es imposible comprender
El arduo trabajo de tus ramas,
Tus maderos cobijando
La piel albina de tu mente,
Y con la lentitud del alba
Tejiendo las estrías de tu vejez,
Eso sí es indiscutible:
La estatua de la muerte
Se hace más visible en el camino.
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